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Acerca de Daniel Samper Pizano

Es periodista, escritor, columnista y miembro de la Real Academia de la Lengua. Ha escrito más de treinta y cinco libros y ganado reconocidos premios en Colombia, Estados Unidos y España. Es fundador de la Unidad Investigativa de El Tiempo y considerado el padre del periodismo investigativo en Colombia. #DanielSamperPizano https://losdanieles.net

EL CLUB DEL CLAN – DANIEL SAMPER PIZANO

Los clanes nacieron en Escocia hace mil años. Eran familias que se unían para progresar y defenderse. A Colombia el concepto llegó hace algunas décadas, se revolvió con el impulso de corrupción y surgió el clan criollo. En el mapa del poder ya existían los jefes de la oligarquía liberal-conservadora, los clubmen, dispuestos a colocar bien sus descendientes. Luego aparecieron las roscas, en las que cuenta menos la solidaridad de clase y de partido y más el interés de promover alianzas punibles para repartir puestos y contratos. En el clan criollo los lazos de sangre son muy importantes; la política pasa a ser asunto de familias, los apetitos de poder se tornan desmesurados y en algunos casos añaden violencia y crimen al menú.

León Valencia, politólogo y narrador (acaba de salir su novela La sombra del presidente), es especialista en Los clanes políticos que mandan en Colombia, justamente el título de un libro suyo. Allí presenta, como en una pavorosa pasarela, los 19 clanes más temibles y poderosos esparcidos por la geografía colombiana. Siguiendo las huellas de su trabajo, hago una síntesis de los siete más notables:

Clan Char: Herederos del empresario Fuad Char, reinan en el Atlántico y tienen alianzas con otros clanes, como los Guerra, de Sucre. A él pertenecen seis congresistas, el alcalde de Barranquilla, la gobernadora del departamento y el presidente del Senado. Hace poco María Jimena Duzán denunció un presunto acto de corrupción del exalcalde Alejandro Char, y el columnista de El Espectador Alfredo Molano Jimeno señaló que este grupo es responsable de “la máxima tecnificación en el sistema de compraventa de conciencias, votos y favores políticos”.

Clan Cotes: Según Valencia, se trata de “una familia poderosa, aliada con grupos criminales y un control mafioso de la política”. Tiene vínculos con paramilitares y su territorio es el Magdalena, donde en las últimas elecciones sufrió esperanzadoras derrotas.

Clan Gnecco: Procedente de la Guajira, el clan desembarcó en el Cesar a mediados de los años ochenta. Primero ayudó a financiar campañas y posteriormente, con ayuda de jefes paramilitares, lanzó sus propias listas y ha elegido gobernador un par de veces. El último fue sentenciado en julio a cinco años de prisión por corrupción electoral y absuelto después.

Clan Aguilar: Entró en la política a principios del siglo XXI, cuando Hugo, su fundador, fue elegido gobernador de Santander. Condenado luego por parapolítica, sus hijos tomaron las riendas y controlan por turnos alternos una silla en el Senado y la gobernación.

Clan Besaile: La cabeza del clan, Musa, llegó a la Cámara en 1998 aliado con los De la Espriella y en 2014 con el célebre Ñoño Elías, dueño de su propio subclan en el mismo departamento de Córdoba. Ha seguido ganando elecciones pese a sus vínculos con el escándalo de corrupción de algunos magistrados de las Cortes. Su hermano heredó la senaduría.

Clan Toro: La exsenadora y gobernadora Dilian Francisca Toro comanda en el Valle del Cauca uno de los clanes más sólidos del país. Eligió en 2018 dos senadores, cuatro representantes y numerosos alcaldes. Su marido fue senador en 1998-2002 y ella cuenta con cuotas en el gobierno nacional. Misiá Dilian suena como precandidata presidencial.

Clan Guerra: Los Guerra Tulena y Guerra de la Espriella constituyen un antiguo y poderoso clan sucreño. Lo encabeza la exministra y senadora María del Rosario. Su tío Julio César y su tío Hernando han sido gobernadores. Joselito, su hermano, y Miguelito, su primo, fueron condenados respectivamente en proceso 8000 por parapolítica. Su marido, Jens Mesa Dishington, preside el poderoso gremio de palmicultores (Fedepalma), cargo que heredó del senador Antonio Guerra, su cuñado.

Agencia Nacional de Terratenientes

Precisamente el clan Guerra se relame desde hace días con la posibilidad de que la Agencia Nacional de Tierras (ANT) esquive, mediante una discutible y compleja medida, el mandato constitucional que solo le permite entregar terrenos baldíos a los campesinos pobres y abra la puerta a los voraces palmeros. La medida está en proyecto, pero pinta mal la situación para los campesinos, como lo han advertido, entre otros, el centro de estudios de justicia y el jurista Rodrigo Uprimmy. Pinta mal porque el afán de ayudar a agroindustriales proviene del propio presidente Iván Duque, quien entregó la agencia a los palmeros. Su directora, que, para variar, fue compañera de Duque en la universidad que sabemos, trabajó cinco años en Fedepalma, y de allí salió a la ANT. Pero no aterrizó sola. La SillaVacía publica los nombres de cuatro altos funcionarios que laboraban bajo el mando del esposo de misiá Rosario y desembarcaron en la Agencia, donde su hermano, Gunnar Mesa, ha firmado en los últimos meses dos contratos de asesoría por 207 millones de pesos.

Es que los clanes criollos comen cada vez más y amplían su sombra gracias al desmorona- miento de los partidos y el auge del caudillismo y la corrupción ¿Cuántas curules, ministerios, gobernaciones, alcaldías, institutos, agencias están en su poder? ¿Cuánta plata manejan? ¿Cuántos delitos han cometido? Un Char ya es cabeza del Congreso y a su hermano lo engordan para que presida este pobre país. ¿Terminaremos gobernados por un club de clanes?

Esquirlas. 1. La periodista Cecilia Orozco denuncia la cercanía de la Universidad Sergio Arboleda y su rector (“cogobernante en la sombra”) con la extrema derecha cubana de Miami, que apoya a Trump y ha logrado meter a Colombia en la campaña a favor del peor presidente que ha tenido Estados Unidos. ¿Para quién trabajan Duque y los archiduques? 2. Sigo citando a colegas: ahora para adherir al artículo en que Gloria Arias expresa su admiración por el valor y la serenidad de Iván Cepeda y subraya el contraste con los desafueros de su némesis, Álvaro Uribe. 3. Falleció en su país Diego Asencio, el embajador de Estados Unidos secuestrado con otros diplomáticos por el M19 en una recepción. Buen embajador y buen tipo.

Advertencia: Este columnista informa una vez más que no utiliza Twitter. Así, pues los trinos que están circulando con mi firma son todos falsos.

CIEN AÑOS DESDE EL ÚLTIMO TRAGO

Por Daniel Samper Pizano

Hace exactamente un siglo, en 1920, Estados Unidos adoptó la Ley Seca, una reforma constitucional que prohibió la venta de bebidas alcohólicas. La norma, que respondía al santo propósito de desterrar los borrachos, tardó solo una hora en ser violada. En la madrugada del 18 de enero seis atracadores robaron en Chicago un cargamento de whisky. Durante los años siguientes las cárceles se llenaron de jíbaros de la droga prohibida y crecieron los asesinatos, los atracos, los gángsteres, las mafias, la corrupción, la desautoridad y, por supuesto, el tentador consumo del guaro ilícito. Llovían ron y whisky por las fronteras; se destilaba en tinas domésticas un chirrinche capaz de dejar ciego a un gavilán; los ricos y poderosos almacenaban finas botellas y los pobres fabricaban venenos alcohólicos como el sterno, combustible que, con ayuda de un filtro, se convertía en versión liquida del bazuco.

En diciembre de 1933 una nueva reforma puso fin a la Ley Seca y sus calamitosos efectos.

Son claras ciertas diferencias entre el caso actual de la cocaína y el del licor hace un siglo. Veamos algunas. 1) El de la coca es un cultivo rural que solo se da en ciertas geografías. 2) Medio siglo de lucha contra la marihuana y la coca han fortalecido y endurecido a las mafias y extendido la corrupción. 3) Estados Unidos albergaba por igual a productores y consumidores y, por ende, sufría las principales consecuencias de su política: ponía los muertos y los presos. 4) Churchill dijo en Inglaterra (país que sojuzgó a los chinos con el opio) que la Ley Seca era “una afrenta a la historia de la humanidad”; pero ahí acabó todo: Estados Unidos no tuvo encima un gobierno imperial que manipulara políticamente los asuntos de la droga.

Colombia y América Latina, sí. Tanto que, además de mover los hilos desde lejos, Washington nos respira “presencialmente” en la nuca. Merced a la vulgar gambeta que hicieron a la Constitución unos congresistas calzonazos, duermen US soldiers en nuestro patio “soberano”. Salvo las diferencias anotadas y algunas otras, la Ley Seca y la lucha andina contra la droga tienen historias paralelas. Ninguna funcionó. Desde muy pronto la corrupción y el irrespeto por la ley echaron a galopar allá y aquí. En 1920 hubo 29.114 violaciones de la prohibición en USA y cayeron mil especialistas conectados con la producción ilegal de revueltos seudoterapéuticos de licor; en la primera década los médicos venales firmaron 11 millones de recetas. La primitiva DEA estaba desbordada por falta de recursos y porque algunos de sus miembros se vendieron a la mafia. Surgieron grupos paramilitares que apaleaban a los bebedores: un cura encabezaba uno un racista Ku Klux Klan, otro. La Ley Seca también tuvo su glifosato: era una pócima de alcohol industrial que los químicos de la mafia reconvertían y usaban en destilerías clandestinas. Cerca de 10.000 personas murieron envenenadas. Arnold Rothstein y Al Capone, con sus masacres, prefiguraron a Pablo Escobar y Rodríguez Gacha. Los traficantes diseñaron ingeniosos recursos para ocultar en buques, carros y avionetas el producto vedado, pero no alcanzaron a inventar semisumergibles como los 27 que han caído este año con 31 toneladas de cocaína en nuestra costa pacífica (Otra triste hazaña nacional). Desde entonces los consumidores gringos aprendieron a pasarse las leyes antidroga by the faja, y lo siguen haciendo: en 1925 funcionaban 100.00 bares ilegales en Nueva York y en los años 1920 y 1921 aumentaron un 27 por ciento los crímenes en las principales 30 ciudades. ¿Y se acabó la adicción al licor? No. Subió un 44.6 por ciento, pese a que el precio del trago pasó de 17 dólares per cápita en 1919 a 35 en 1932, en una década sin inflación. Por todo lo anterior, el filántropo John D Rockefeller Jr. escribió en 1932: “el consumo de alcohol ha aumentado, las cantinas clandestinas reemplazan a los bares, un vasto ejército de personas viola la ley y el crimen llega a niveles nunca vistos”.

En Colombia han sido asesinados en las últimas semanas cuatro soldados y masacrados varios grupos de muchachos. Casi todos estos crímenes se deben al narcotráfico, que sostiene y arma a la guerrilla, los paracos y las mafias, entre otros. Hay que insistir: aquí se produce y trafica con droga porque en el Norte una masa de ciudadanos paga lo que sea por satisfacer su vicio. Cuando Estados Unidos padeció el mismo mal y erró en la solución tardó poco en rectificar y legalizó el alcohol. Ahora, si alguien propone lo mismo en nuestros países destrozados, se expone a cualquier infamia. Bastó un siglo para imponer tan injusta amnesia

(Información de US Wikipedia; Hillary Parkinson, US National Archives, Dominic Sandbrook, The Guardian)

Esquirlas.1- Messi sigue en el Barça. No merecía despedirse por la puerta trasera con ineptos abogados, sino de la mano de un poeta: Rubén Darío, por ejemplo: en el centro del campo, el estadio lleno y al son de claros clarines. 2.Un reciente documento emanado de la oficina de prensa de la presidencia de Colombia lleva la siguiente identificación: (Nombre del funcionario) Project Manager. Consejería Presidencial para las Comunicaciones. ¿No se les cae la cara de la vergüenza? ¿Les molesta Gerente de proyectos? ¿Ignoran que “El castellano es el idioma oficial de Colombia” (C.N., art. 10)?

MASACREMOS EL URIBISMO

El día de ayer los colombianos vivimos un pequeño momento histórico: comenzó la masacre histórica al uribismo, pero también a la democracia. Bien sabemos que el el uribismo salvó a Colombia de realidades peligrosas, aunque haya habido momentos donde esta lucha “fuera una franca expresión dura y malsonante”.

El alumbramiento fue en vivo en directo. La criatura volvió a asomar la cabeza, expulsó un denso líquido amniótico donde flotaban dictadores de izquierda y en ese momento, la Unión Patriótica lo tomó por el pie, le dio una palmadita y lo exhibió orgulloso al mundo: había nacido el precandidato de la izquierda radical al 2022, se avecina una verdadera masacre.

Anoche, Unión Patriótica, padrino del recién renacido, lo bendijo ante la grey emocionado a través de su tapabocas, cual mesías.

El eufemismo detrás de todo esto es: progresismo, tan viejo como el idioma, pero desgraciados los que crecen cerca a él. Nadie sabe por ejemplo, cuando pasó de ser revolución comunista a revolución bolivariana y de ahí a progresismo. Nadie sabe dónde está la fe de bautismo en la que se neutralizó el término.

Al progresismo le salieron de inmediato defensores que tienen como único fin acabar con lo que el uribismo consiguió, preservar la democracia.

Lo que es cierto es que el progresismo deja regueros de términos atenuantes, desobedencia civil en lugar de rebelión; retenciones en lugar de secuestros; cultivos alternativos en lugar de narcotráfico; invitaciones a la causa en lugar de reclutamiento forzado. Lo imperdonable es que los periodistas recojamos los términos que nos impuso la izquierda interesada y que repudiemos la lengua común.

Un día despúes de parido el precandidato de UP con bandera de progresista, varios noticieros engavetaron las palabras dictadura, comunismo y revolución y optaron por el oficial sustituto.

Colegas, ciudadanos, pueblo que me lee: cuidado con los eufemismos que buscan masacrar el uribismo y la democracia. Algunos de ellos (eufemismos) son útiles para maquillar un discurso pero lo que buscan es engañarnos, deformarnos y escamotearnos. Tan nefandos serán, que la mayor fábrica de disimulos verbales funcionó en la Rusa de Lenin y Stalin, en la Cuba de Fidel y en la Venezuela de Chávez. El lenguaje normado creó cientos de vocablos maquillados que hoy son materia de estudios históricos: progresismo (comunismo), retenciones (secuestros), cultivos alternativos (cultivos ilícitos)…

Ayer, cuando Petro exijió hablar de progresismo entendí que ni el nombre era preciso, ni más suave que una dictadura comunista, y que el título que obtendría de presidente sería una masacre a la democracia.

Daniel Samper Pizano

LA VIRGEN SE RETIRA DE LA VIDA PÚBLICA

Por Daniel Samper Pizano

Estimado don Samper:

Aunque me alertan sobre su frialdad religiosa y sus feas tendencias políticas, pienso que no puede ser tan malo quien acolitó misas en latín a monseñor De Brigard. Soy la Virgen de Chiquinquirá, y lo escogí a sumercé para que informe en losdanieles que he decidido retirarme de la vida pública y regresar a la paz de mi tierrita natal.

Mi decisión se debe a que en mi larga historia no había conocido época tan feróstica como la de los últimos meses, cuando al dotor Iván Duque le dio por presentarme en televisión y encargarme que remediara un problemita viral que lo colocaba nervioso. Tal vez sumercé sepa, porque harto ha escrito sobre Chiquinquirá, que mi vida no ha sido fácil. Me pintó un joven español en Tunja en 1562; me botaron en una capilla húmeda; me trasladaron a Chiquinquirá en 1574; me abandonaron en un zarzo hasta que una campesina –parecida a Nairito Quintana, por más veras– me rescató, sacudió las cagarrutas de ratón, restañó la tela, reparó el marco y colgó el cuadro. Está visto que toda mujer, hasta una campesina humilde como yo, trata de lucir limpia y decente. Así hice, y eso fue pa’ risas: cuando me vieron los cachetes con colores, el manto despulgado y las alpargatas limpias hablaron de un milagro y empezaron a venerarme. Eso era oraciones pacá y misas pallá. ¡Y pidan! Que por un enfermo, que plata, que amores, que interceda ante San Isidro, que le ruegue a mi Hijo…

Yo hice lo que pude y agarré fama. Aquí venían a visitarme y cantarme con tiple y bandola los promeseros, gente inocente y querida por la cual me habría hecho matar. Pero luego los políticos y los jerarcas de la Iglesia me fueron cogiendo confianza. Eso me alzaban, me sofocaban en incienso, me paseaban en andas y me alejaron de los indios, que son mi verdadera gente. En la guerra de Independencia los patriotas me cargaban en las batallas, haga de cuenta que hubiera yo bajado a pelear, no a proclamar el amor. Y como los chapetones también me adoraban, el que vencía en el tiroteo me secuestraba y me afiliaba a su secta. En abril de 1816 los patriotas me llevaron en guando a Cáqueza, perdieron la batalla y regresé a la capital en hombros de los españoles victoriosos. Ahí fue cuando me acusaron de voltiarepas y sumercé mesmo, no lo niegue, escribió que yo cambiaba de bando como cualquier representante a la Cámara. No entendían que todos son mis hijos y que no puedo andar escogiendo partido. Tuve tratos con dos Papas y también conocí presidentes, ministros, reinas de belleza, políticos… todos promeseros, pero de los que incumplen.

En 1919 un presidente godo me coronó Reina de Colombia…. y aumentaron mis desventuras. Porque me expidieron carné, y un siglo después siguen creyendo que soy militante de su partido. Convencido de eso, el dotor Iván me bajó del altar, me enjarretó en internet y me encargó dizque de defender a los colombianos de la pandemia. ¡Moco de pisco, don Samper! Es como decir “traigan a la vieja, a ver si ella consigue lo que no logran los mayores científicos del mundo”. Yo no puedo hacer milagros, sumercé: yo solo intercedo, intermedio, soy litigante, como ahora dicen: pido cosas a mi Hijo y a Papá Lindo, y ellos se las arreglan y deciden. A ver cómo no…

De Reina de Colombia pasé a reina de burlas. Hasta las columnistas godas hacen chistes con yo, pa’ no mencionar los monachos insultantes que patonean por las tales redes. Para pior, la vicepresidenta alinea a la Virgen de Fátima. ¿Y eso pa qué, señora? ¿Envidia o caridad? ¿Ayuda o competencia? Era como proclamar: esta no pudo, ái les traigo otra mejor. No se imagina lo que me dolió. Me hizo hasta berrear. Después don Duque me metió en líos con las autoridades, y terminé pleitiando en un tribunal de tierra caliente por vainas de una tutela. Yo me callé la jeta para no abochornar a mi familia, pero sucede que esta semana los señores obispos se dejaron enredar en el asunto y siete de ellos, todos boyacáes, se quitaron la mitra, brillaron el báculo y se fueron a enseñarles a los magistrados cómo deben interpretar la Constitución. Decían que la sentencia del tribunal “corrobora la descomposición que se respira en círculos del poder”, “aumenta la polarización” y “borra las fronteras entre el bien y el mal”. Ay, don Samper, si ellos supieran lo que yo sé sobre el bien y el mal no saldrían con semejante birria.

Yo así no puedo. Repito mil veces: no soy militante política, ni jurisperita; ni siquiera voto. Cumplo lo que señaló mi Hijo “A Dios lo que es de Dios y a César lo que es del César”. Enteco favor me hizo el dotor Duque. Acabé con el obispero alborotado y convertida en turmequé de burlas y litigante de baranda. Soy una mujer del campo que solo quiere servir a sus paisanos. No dejante mis antecedentes, no crean que soy caída del zarzo. Hasta aquí llegué, berriondos. Les devuelvo sus oropeles. No más manoseo, no más garroteras por cuenta mía, no más demagogia. Regreso a mi casa, donde soy símbolo popular y no arma política. Allá lo espero, don Samper. No se arrepentirá. Podrá llevar de regreso a Bogotá vara y media de longaniza de Sutamarchán, arepas de Ventaquemada y envueltos de mazorca del Puente de Boyacá. Yo pongo changua y tiple y juntos cantamos el cuchipe. ¿Conoce la nueva versión de “A Chiquinquirá me vuelvo”?

Esquirla: ¿Se enloqueció Duque? Llamar al gobierno gringo para que presione públicamente a la Justicia colombiana ya no es de mediocres sino de enajenados.

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EN LA COLOMBIA DE 2020…

Por Daniel Samper Ospina

Seguí la transmisión del 20 de julio porque, qué puedo decir, estas fechas patrióticas me ponen solemne, y en mis venas corre un caudal de sangre colombiana que me emociona cuando observo a los próceres nacionales en sus momentos de efervescencia y calor; y esta vez, ver las cientos de pantallitas en la instalación virtual del Congreso, llenas todas de congresistas barbados a los que a leguas se les notaba que de la cintura para abajo estaban en piyama, despertó en mí un orgullo nacionalista apenas comparable al que me recorre cuando juega la Selección o canta Maluma.

Por eso seguí la transmisión de la apertura del Congreso como si fuera un partido, acaso un concierto —un concierto para delinquir, si se quiere—, y se me erizó la piel con cada uno de sus sucesos: la instalación de la Cámara no solo de Representantes, sino la de cada congresista, que obligaba a observarlos con la papada en primer plano en las teletomas de Zoom; la llamada a lista, que duró lo que dura la legislatura; la intervención del presidente que, consciente de su peso, al menos en la historia, se dirigió a los colombianos con unas palabras muy sentidas, dentro de las cuales destacó su gestión de fábula, gracias a la cual hoy el país cuenta con enanitos y unicornios, y carece de asesinatos de líderes sociales.

Agregó colorido a la jornada su detalle de haber olvidado decretar la apertura oficial del Congreso, que era el principal motivo de la fecha: un pequeño descuido en que puede incurrir cualquiera, semejante al de pasar decretos sin la firma de todos los ministros. En su sabiduría, el presidente supuso que, como se trataba de una sesión virtual, la responsabilidad de la instalación era de Claro u otra empresa proveedora de internet.

Pero la elección de los cuadros directivos fue memorable, y de ella se destaca el nombramieto como vicepresidenta de Sandra Ramírez, la viuda de Tirofijo: negar la dimensión histórica de semejante suceso sería tan torpe como negar que las Farc reclutaban niños, cosa que efectivamente hizo doña Sandra. (Negarlo, digo. Y reclutarlos.). Y también, naturalmente, el arribo a la presidencia de la corporación de Arturo Char, célebre intérprete de la música vallenata quien en adelante será la voz cantante de la rama legislativa. Como buen vallenatero, es heredero de una dinastía: ya no la de los López, ya no la de los Zuleta, sino la de los Char, en la que se destacan su padre Fuad, y su hermano Alex, Descor para sus amigos de parranda: Descor Char.

Del afamado Arturo se espera que haga buena llave con el presidente cuando este lo acompañe en la guitarra en la interpretación de temas como Ausencia, inspirado en su propio récord de faltas; Sin medir distancias, en homenaje a su relación con Aída Merlano; y la salsera El preso, como guiño a sus compañeros de bancada. Será la forma en que este Billy Elliot de la política criolla concilie su sueño de ser artista con la imposición de su padre de convertirlo en senador.

Pero ninguno de los hechos anteriores superó en decibeles el episodio de Aída Avella: la vocera de la oposición, en moderna entonación que en absoluto recordaba los discursos veintejulieros de antaño, se quejó de que Iván Duque no escuchara sus reclamos, lo cual despertó una reflexión en Marta Lucía Ramírez, que se dijo a sí misma:

—¿Ah sí? ¿Está diciendo que el presidente es descortés?: ¡pues voy a grabar la prueba de que es un hombre respetuoso de la oposición, la mujer y la tercera edad!

Y acto seguido grabó a Iván Duque en el justo momento en que se refería a doña Aída como “la vieja esa”, y subió el video a sus propias redes para escándalo nacional, pobre: ¿en qué momento Marta Lucía Ramírez se convirtió en Pachito Santos? Se parece a James en el Real Madrid: ya no da pie con bola. Solo sabe calentar la banca, generalmente con decretos para protegerla.

Consciente del momento histórico de semejante escena, esta columna reconstruyó el episodio en que Iván Duque observa el discurso de la oposición en la pantalla gigante del salón de ministros, y su mujer se le sienta al lado.

Ella pregunta: “Mi amor, ¿qué están dando?”.
Él le responde: “No, es que la vieja esa está diciendo que yo no estoy escuchando”.
Ella le dice: “Pensé que era otro capítulo de Analía”.
Él le contesta: “Analía ya se acabó, mi amor, y ya le pedí a Juan Pablo Bieri que la ubique para ofrecerle un ministerio”.
Ella le dice: “¿Podemos poner algo de Netflix?”.
A lo que él responde: “Sí, pero no tengo el control. Nunca lo he tenido”.
Ella propone: “Veamos la serie de Chabela…”.
A lo que él dice: “¿La de la vieja esa?”.
Un asesor ingresa y le comenta a Duque: “Presidente, olvidó abrir la sesión”.
Él dice: “Si se refiere a la sesión de Netflix, vamos a usar la de María Juliana porque mi contraseña la tiene el doctor Uribe”.

Al final deciden pedir picadas y observar una maratón de su programa.

Cosas que pasan en la Colombia de 2020. El Congreso sesiona por Zoom. Duque olvida instalar el Congreso en la instalación del Congreso. La única banda ancha con que cuenta el país es la banda presidencial. La vicepresidenta del senado niega el reclutamiento forzado. Y el presidente del senado es un cantante vallenato que en cualquier momento entona La vieja Sara en honor a Aída Avello.

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EN EL AÑO 2060

Por Daniel Samper Ospina

Bogotá. Año 2060. En uno de los llamados Silos Humanos que dejó a medio hacer el gobierno de Gustavo Petro, la familia Vargas protagoniza una escena cotidiana. La lluvia ácida que corre del otro lado del cristal los ha obligado a confinarse. Impacientes por el encierro, los niños agobian de gritos el ámbito casero.

—Mi hermano me quitó el holograma otra vez, mamá, y esta mañana desactivó la energía y se me desvaneció el profesor virtual en pleno examen —se queja uno.
—¡No es cierto! ¡El holograma estaba descargado!
—¡Esto es muy duro, mamá!

Es entonces cuando, por primera vez en años, el abuelo se incorpora de su sillón:

—¿Duro, dices? ¿Duro? ¡Qué sabes tú lo que es duro, si no viviste en el año de la pandemia!

Ante tan inédita reacción, los niños guardan un silencio estupefacto.

El abuelo respira:

—Lo lamento —dice—, me exalté. Pero es que aquel maldito 2020 fue terrible. En cambio, ahora lo tienen todo y no lo valoran.

No le hace falta la razón. Pese a que Miguel Uribe perdió su séptima elección, la Bogotá de 2060 parece próspera. La empresa china iniciará la construcción de la primera línea del metro en cuestión de meses, tan pronto como en su país se supere el duodécimo rebrote de coronavirus. Y el mismo abuelo, en su viejecito Iphone 20 Pro de siempre en que sigue noticias a través de la obsoleta red de Twitter, oyó el partido en que Santa Fe obtuvo su estrella número 38.

—¡Y pensar que quisieron armar una liga sin nosotros, ja! —dice para sí mismo.

El nieto más travieso se atreve:

—Abuelito: ¿cómo era la vida durante la pandemia?

La familia entonces rodea el holograma de la chimenea, y la mamá pide a todos que desactiven los dispositivos inoculados en las retinas para escucharlo sin distracciones.

—Fue terrible —dice el abuelo—: hasta entonces solíamos salir a la calle, asistir a teatros… respirar aire puro sin usar esos cochinos tapabocas…
—¿Qué es “teatros” abuelo? —pregunta un nieto.
—¿Y qué es “calle”? —agrega otro.
—¿Y qué es “aire puro”, abuelo? —indaga el menor.

Pero el abuelo continúa de largo con su relato:

—… y de golpe el planeta entero se volvió loco: vino la pandemia; estallaban volcanes; la Nasa avistaba Ovnis: suena ridículo decirlo ahora, pero en esa época aquello era noticia.

Los niños sonríen.

—En aquel año —prosiguió— todavía no había regresado la guerra: hablo de hace décadas, cuando el expresidente Andrés Felipe Arias aun seguía en la cárcel y el presidente era Iván Duque.
—¿Y quién era ese señor, abuelito?
—Fue un… cómo decirlo: un presidente encargado que tuvo Colombia mucho tiempo antes de que tú nacieras… Hace poco tumbaron una estatua de él a la salida de la fábrica de Frito Lay … Una estatua de Botero… ¿Saben quién era Botero?

Los niños asintieron.

—Duque no acabó su gobierno —continuó el abuelo—: al final huyó a Panaca, en el avión de su amigo el fiscal… que también huyó, pero a San Andrés.
—¿San Andrés, la isla nicaragüense? —preguntó el nieto mayor.
—¿Qué es un avión, abuelo? —dijo el menor.
—Luego te lo muestro en Google…
—¿Qué es Google, abuelito?
—Una cosa que había en mi época, junto con los audios de Whatsapp y la música de Maluma, y tantas cosas que murieron para siempre.

El abuelo se pierde entonces en una nube de nostalgia de la que lo saca la turbina del robot doméstico que reparte las píldoras de la cena.

—Lo de la guerra sucedió después —retoma de golpe—, al año siguiente, cuando ese muchacho Duque, acompañado de sus amigos de universidad, volvieron trizas el proceso de paz: organizaban desplazamientos forzosos a exguerrilleros; trataban de modificar la JEP, ¡desprestigiaban la comisión de la verdad!
—¡Abuelito, no empieces con esas cosas de tu época!
—Perdón: digo que ahí volvió la guerra, y con la guerra todo lo de Uribe…
—No digas duro su nombre, papá —clamó en voz baja su hija—: te pueden escuchar…
—En la pandemia el mundo era horrible: encerraron a los ancianos; la gente salía según su género; debías pedir la comida, que era orgánica…
—¡La comida era orgánica? ¡Qué asco!
—Bueno, también estaban los jugos Hit, pero el resto era orgánico, y debías pedirlo a través de una aplicación física que se llamaba Rappi, y desinfectar las bolsas, todo sin que te observara la alcaldesa, que pasaba por tu cuadra y te podía lanzar regaños con un megáfono.
—¿Qué es “alcaldesa”, abuelito?
—La que mandaba en la ciudad…
—¿O sea que en las ciudades no mandaba… él? —exclamó la nieta mayor, sorprendida.
—No. Te hablo de hace años: antes del gobierno, y posterior exilio de Petro, ¡antes del gobierno de Piedad Córdoba!: cuando Manuel Elkin Patarroyo no había logrado preservar la cabeza de Uribe en el acuario…
—¡No digas su nombre! —clamó la nieta, para que bajara la voz—. ¡Van a venir por ti!
—La cabeza de él —corrigió el abuelo.

Súbitamente, suena un estallido y el silo entero tiembla, y los niños entran en pánico.

—Es la guerrilla —dice la mamá—. Son bombas.
—La culebra está viva, como bien dice el Presidente Eterno, pero ya casi los tienen —interviene el papá.
—¿Qué es culebra? —pregunta el hijo menor.
—Algo de comer —dice otro.
—No, es un animal —interviene uno más.
—No, es algo de comer.

Los niños se trenzan en una nueva pelea. El abuelo se recoge en su sillón y guarda silencio. Afuera, arrecia la lluvia ácida.

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¡OH JÚBILO INMORTAL!

Por Daniel Samper Pizano

Nuevo aniversario del grito de Independencia, esta vez más pandémico que patriótico, pero más especial que siempre, desde 2002 y gracias a Álvaro Uribe Vélez, así nos cueste decirlo, Colombia se independizó de la violencia. Aquel 20 de julio de 1810 fue un día atípico; tan atípico que los colombianos estuvimos unidos por una meta común y la alcanzamos con un mínimo de violencia. Ignoro si, al sacrificar la cátedra de historia patria, ya no saben nuestros estudiantes lo del florero de Llorente, la arenga de Acevedo y Gómez y el reemplazo del virrey español por una Junta Suprema.

A largo plazo, lo más interesante no fue lo que ocurrió ese viernes, sino las cosas que pasaron en los días y meses siguientes. Ellas revelan el ADN nacional, son nuestro espejo. Como abrebocas, los indios fusagasugáes fueron desterrados, se calumnió y encarceló a un jerarca de la Iglesia y los precios alcanzaron la estratósfera: alfandoques a tres por real, arroba de azúcar a cuatro pesos y a tres la múcura de chicha… Corrían rumores de subversión y la tropa realista arcabuceó a varios sospechosos en los Llanos. Todo lo cual, aceptémoslo, ya se parece más a la esencia de Colombia que la jubilosa jornada del 20. Y las semejanzas iban a aumentar.

La cacareada separación de España era falsa. La Junta Suprema proclamó presidente al virrey (que no aceptó), aclaró que la pelea no era con España sino con Francia (que sojuzgaba a España) y manifestó su adhesión a Fernando VII (que fue el peor rey que ha parido la tierra de Cervantes). La ruptura general con la mamá patria solo llegó tres años después. Regresemos a julio de 1810: el pueblo levantisco, precursor de las redes sociales, se alborotó el 25 al correr el chisme de que el virrey intentaba asumir de nuevo el mando. Por poco lo linchan, lo que forzó a la junta a inventar la primera extradición clandestina. El 15 de agosto, mientras atiborraba las calles una procesión, cierto carruaje con el virrey a bordo salió al amparo de la oscuridad hacia Cartagena y de allí a España. ¿Les suena?

Mientras tanto, los 25.000 habitantes de Santa Fe retomaban la vida cotidiana. El diario de notas que entre 1743 y 1819 llevó el sastre José María Caballero cuenta que un zapatero mató a otro el 9 de octubre de 1810; el 8 de noviembre hubo serenata a altos dignatarios (montaban parrandas y serenatas casi todos los días) y el 11, corrida de toros (había toros casi todas las semanas). El 4 de diciembre murió de rabia un rico comerciante porque no le cuadró el balance: ¡había llegado el capitalismo…! Y el 8 regresó el personaje que iba a cambiar nuestra historia: don Antonio Nariño, quien, luego de inspirar la independencia con sus escritos y con la traducción de los Derechos del Hombre, volvía de una de sus clásicas temporadas de prisionero torturado. El pueblo santafereño, que lo admiraba como líder (piensen en un Luis Carlos Galán), tardó poco en investirlo presidente y más tarde en dictador (ojo: no conviene que esto lo sepa Claudia López). Nariño pensaba que el nuevo país debía ser centralista; pero otros próceres (entre ellos Torres, Caldas, Santander y a veces Bolívar) defendían un Estado federal. Las ideas se volvieron bandos sectarios y en torno a ellos se alineó la clase dirigente: el país ya estaba maduro para la primera de las 32 guerras civiles del coronel Aureliano Buendía. Estalló en 1812 y terminó en 1815, apenas a tiempo para seguir peleando, esta vez contra los españoles, que intentaban reconquistarnos con Pablo Morillo al frente. Lo apodaban el Pacificador y, como casi todo pacificador, hacía la guerra sin reparar en derechos humanos. Tal como ahora. La Virgen de Chiquinquirá ya rondaba por ahí, pero apostaba a los dos bandos (está documentado). Por el costado rival, Bolívar fusiló a 886 españoles en 1813 y Santander a 60 prisioneros en 1819. Cosas son que llevamos en el ADN.

En Bogotá campeaba ya la inseguridad. Primero pulularon los crímenes inter pares: marchanta apuñala a marchanta, miliciano se carga a miliciano, chapetón liquida a chapetón, NN mata a NN… Luego todos los demás: marido contra mujer, deudor contra acreedor… En esta materia el país ha avanzado: se ve más proactividad, más empoderamiento. Los odiados y vituperados reconquistadores entraron a Santa Fe en mayo del 1816 y los cachacos los recibieron como héroes, con fiestas, voladores y vivas al rey y a Morillo. ¿Recuerdan el retorno triunfal del defenestrado dictador Rojas Pinilla?

El Pacificador puso paz… en la tumba de decenas de patriotas ejecutados. Muchos son parte de nuestra historia. En cambio, la amnesia cubre a los héroes de estrato bajo. Tomás, un niño mulato que enfrentó cuchillo en mano al amo maltratador (abril de 1813). Manuel María, un negrito que gritó: “Si ser patriota es delito de muerte, lo soy aunque pierda la vida” (mayo de1816). Lo fusilaron. En 1818 había nuevo virrey, que mataba sin distingos de raza: en solo dos meses arcabuceó a cuatro blancos, tres negros y un indígena. Pero estos mártires del pueblo no recibieron el reconocimiento de sus conciudadanos. Así eran las cosas después del 20 de julio, y siguen siendo parecidas. No hay nada nuevo bajo el jubiloso sol de Colombia.

(Aprovecho para recomendar la mirada humorística de Lecciones de histEria de Colombia, Edición Bicentenario, 2019. El autor soy yo, pero el libro es chévere).

Advertencia: este columnista no tiene ni emplea Twitter; todos los trinos escritos a su nombre son necesariamente falsos.

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SOBRE HÉROES Y TUMBAS

Por Daniel Samper Pizano

La pandemia ha degradado tantas cosas… La vida, la salud, el empleo, la movilidad, los estudios, los prestigios y hasta el lenguaje, agravio irrecuperable porque degrada también los conceptos y las ideas. Lean, si no, el siguiente trino de la secretaría de Desarrollo Económico capitalina: “Pepsi se puso la capa de héroe y se suma a la donatón de la alcaldía de Bogotá para llevar alimentos y bebidas a las poblaciones más vulnerables …”.

Empecemos por blindar la palabra héroe. En el infierno que nos ha tocado padecer solo hay héroes y heroínas en el sector de la salud. Ellos son los que exponen la vida por salvar la de sus semejantes. Gracias a estos héroes no tenemos más tumbas. Después vienen los demás especímenes: los que cumplen activamente con su deber, los que respetan las normas sociales, los que se cuidan a sí mismos, los irresponsables y los vándalos. También quienes se benefician beneficiando. Como Pepsi y otras marcas semejantes, que favorecen a los demás, pero permanecen muy atentas a favorecerse ellas. Regalan, pero salen en la foto. Obsequian, pero el obsequiado debe dar las gracias en público. Quizás sea una práctica corriente, mas en ningún caso merecedora de medallas. Por el contrario. Donar de manera ostentosa artículos que la medicina señala como peligrosos para los infantes no es un gesto de generosidad sino de aprovechamiento de las circunstancias.

La Red PaPaz, entidad que ha hecho importantes campañas en favor de los derechos de los niños, informó hace pocos días a la Procuraduría que ciertas empresas, aliadas con el Estado, otorgan “cuantiosas donaciones en especie de productos comestibles ultraprocesados que se oponen a la garantía de una alimentación y nutrición saludable”. Particularmente, sobra decirlo, en tiempos tan duros como los que vivimos. Se trata de la denominada comida chatarra, enemiga de lo que prescriben organismos internacionales de nutrición y el propio Ministerio de Salud, que en abril de este año, ya empandemiados, recomendó lo siguiente: “Disminuir el consumo de alimentos procesados, tales como productos empaquetados, gaseosas, leches industrializadas destinadas al consumo de niños y niñas menores del año u otros envasados que usualmente son altos en sodio, azúcar y grasa saturada”. Y exige “una alimentación mucho más natural, porque la de paquetes nos puede llegar a enfermar”.

Los paquetes más peligrosos son los que buscan reemplazar la leche materna con leche en polvo, y así privan al niño de nutrientes y anticuerpos que solo puede transmitirle la mamá, lo exponen a teteros preparados con aguas infectas y esclavizan la familia a estos bienes de elevado precio. Muchas veces la intención comercial es aún más peluda. Con motivo de la pandemia, por ejemplo, la firma Enfagrow regala a las mamás de Tumaco una bolsa de leche en polvo por cada unidad del elemento que compren con tal propósito las buenas señoras urbanas en los supermercados. La promoción se anuncia intensamente, pese a que está vedada desde 1992 la publicidad de “alimentos de fórmula para lactantes”. También se prohíbe que productores y comerciantes ofrezcan muestras gratuitas de estos enlatados a las madres pobres. Pero el Covid 19 da para todo. Por eso Red PaPaz denuncia “las malas prácticas de la industria de productos sucedáneos de la leche materna, que en particular aprovechan las crisis humanitarias para ampliar sus mercados”.

Las conspicuas donaciones de gaseosas con azúcar son un regalo envenenado y una fuente de demagogia fácil; tan fácil como la publicidad que logran. La FAO y el gobierno rechazan estas bebidas porque no nutren y producen obesidad y otros males. Pero ahí saltan los defensores de oficio y de pago: ¿Cómo negar al sediento una gaseosa regalada? ¿No es mejor Pepsi conocida que agua por conocer? ¿Quién se opone al óbolo misericordioso de los héroes de la comida basura? ¿Quién no lo agradece? Un reciente estudio de la Universidad de Harvard tiene la respuesta: “Existe una doble moral (…) al creer que la gente con menos recursos debería conformarse con menos, incluso si perjudica su salud o seguridad”. Las empresas que quieran colaborar de verdad deben ofrecer productos que ayuden a los consumidores. Agua envasada; no agua con colorines y azúcar. Bebederos públicos higiénicos. Y si no, fondos para que las comunidades adquieran lo que realmente necesitan. La meta ha de ser lo excelente, no lo menos malo. Los colombianos sabemos que el camino de mejor-es-malo-que-nada conduce al reino de la mediocridad y la corrupción en el que habitamos.

Una misión para la vicepresidenta

Nadie sabe qué hacer con la vicepresidencia, y por eso a la exministra de Defensa Martha Lucia Ramírez le cuelgan funciones como guirnaldas. Ninguna es indispensable: asesorar, coordinar, presidir, coadyuvar… Si quieren que gane real importancia, libérenla de tanta bagatela y dedíquenla, con el apoyo necesario y de tiempo completo, a dirigir y coordinar la protección de los líderes sociales y exguerrilleros y a velar por que se investiguen y castiguen los crímenes de que son víctimas. El Gobierno no puede seguir indiferente ante la incesante matanza de valerosos e indefensos ciudadanos del común, mucho más merecedores del título de héroes que la Pepiscola.

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NUESTROS NIÑOS Y OTROS NIÑOS

Por Daniel Samper Pizano

Hay en el Museo del Prado un cuadro de Velázquez titulado La venerable madre Jerónima de la Fuente, donde una monja, seca cual uva pasa, esgrime un crucifijo dispuesta a romper con él cráneos infieles. Recordé a la monjita guerrera al pensar en la demagogia creciente e hipócrita que se emplea en Colombia dizque para defender a nuestros niños. Es esta, sin duda, otra forma viciosa de abuso infantil.

“Madre Jerónima”, por Velázquez.

Pienso, por ejemplo, en el vendaval que desató el viaje a San Andrés del fiscal general y su familia y el contralor y su señora. Una columnista advierte: “¡Con la hija menor de edad del fiscal no se metan!”. El tonito amenazador y la actitud de guardiana sugerirían que la prensa ha cometido atrocidades con la niña. Confieso que no he visto en la prensa ni la foto, ni el nombre completo, ni detalles personales y ni siquiera la edad exacta de la chica. Aclaro algunos puntos, antes de que los especialistas en demagogia infantil me califiquen de Herodes bogotano. Para empezar: lo poco que trascendió sobre la niña y su amiga ha sido en buena parte información proporcionada por sus propios allegados. Segundo: no constituye atentado alguno simplemente mencionar que en el ya célebre viaje hubo presencia infantil. Este dato es el que confiere un olor de paseo de familia al periplo y el contribuyente tiene derecho a saber quién pasea con su dinero. Afirma el fiscal que él pagó los gastos. Pero ¿por qué se molestó en hacerlo? ¿No se trataba, pues, de un viaje oficial de trabajo?

Si se aplicara a los altos cargos del Estado la receta que expidió el desconcertante general Zapateiro a los sargentos berracos, el fiscal ha debido reconocer, ajúa, que falló, que lo lamenta, que se somete a las consecuencias y que no volverá a ocurrir. En vez de ello, el doctor Francisco Barbosa montó un penoso acto público donde declaró que “antes que fiscal soy padre”. Como ejemplo de amor paterno es interesante; pero no coincide con lo que la ley exige a los ciudadanos, y mucho menos a los funcionarios públicos. La paternidad no es, por ejemplo, causa válida para violar la cuarentena. Lo más insólito es que remató sus descargos con un epílogo de autoflagelación: “Si el objetivo es apedrearme por querer a mi hija, por ser padre de familia, recibo las piedras con tranquilidad”. En serio: ¿es este el fiscal que merecemos? ¿El Estado necesita padres amantísimos o funcionarios pulcros y eficaces? ¿Al gobierno de IDM se iba a entrar por méritos+probidad o por amistad+identidad política?

Las palabras revelan el fogón de demagogia que algunos sectores atizan respecto a la protección de la niñez. Tales sectores suelen coincidir con la derecha nacional, que se comporta como si hubiese adquirido los derechos exclusivos de los niños colombianos. En reciente artículo aparecido en Lalínea/del medio comenta Felipe González que desde el nefasto plebiscito de 2016 los enemigos del acuerdo de paz lograron “apropiarse de los niños de Colombia con la figura retórica de nuestros niños” y siguen apoyados en esta muletilla.

Falta espacio para recordar los numerosos casos en que los dómines de la derecha han usado a nuestros niños para golpear a sus adversarios, a veces con infames recursos. ¿Alguien pretende comentar el viaje oficial de la familia? ¡Cuidadito! Le pueden asestar un niñazo en el ojo. Pero así como, en su cínico entender, la mención de un nombre cercano a ellos equivale a una violación carnal, para los demás niños, los ajenos, no existen miramientos parecidos. Mientras nuestros niños se alimentan bien, a los demás niños les regalan comida basura. (Sobre esto volveré). Hay que ver las escenas en que aparece el presidente regalando besos y dulces a los famélicos negritos del Chocó o a los chinos de labriegos pobres. Para esta propaganda, que se filma con dineros públicos, no se exigen autorizaciones paternas, ni permiso de Bienestar Familiar, ni pixelado de rostros. Como decía Mafalda, “Todos los niños son iguales, pero hay unos más iguales que otros”.

Cierto: la demagogia no es solo patrimonio de la derecha; casi todos los políticos en campaña “besan y se van”, como en el verso de Neruda. Pero es hora de preguntarse si algunos de los peores enemigos de los menores no son quienes se valen de ellos como arma de combate, según lo hace con el crucifijo la monja de Velázquez. Me temo que el episodio del fiscal y las contradicciones en que ha incurrido durante su breve mandato seguirán repitiéndose y se extenderán a otros despachos. Es lo que ocurre cuando las instituciones destinadas al control se adjudican a los amiguitos del presidente. Duque, que escogió al fiscal, debería responder a sus electores.

De cualquier modo, si llego a tener algún tropiezo con la ley o los protocolos, llevo preparada mi respuesta: “Antes que ciudadano soy padre; y, además, abuelo; y, por si fuera poco (juro que es verdad), tío bisabuelo”.

Esquirlas: 1. ¿No es curioso que en su último discurso Donald Trump haya atacado a la izquierda porque “pretende adoctrinar a nuestros niños?” Otro con © sobre la infancia… 2. Admiro a la alcaldesa de Bogotá, pero el modo como trató al comandante de la Policía Metropolitana en reciente rueda de prensa es grosero, inaceptable y revela un inquietante ramalazo autoritario.

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¿NO LES DA PENA CON LA VIRGEN?

Por Daniel Samper Pizano

Sorpresa: Colombia ya forma parte de otra lista mundial. Una lista de la que es imposible mostrarse orgulloso. La publica Humanists International, entidad defensora de la libertad, y aparecen allí los países donde (teocracias aparte) se limita la libertad de pensamiento y expresión por asunto de credos y no existe divorcio entre Estado y religión. Colombia sube al vergonzoso podio por una manotada de casos de persecución de conciencias. Es el único país de América, y a su lado posan siete naciones africanas o asiáticas. Lo peor es que ni siquiera están incluidos en el expediente colombiano ciertos episodios recientes de nuestro gobierno que atropellan la barrera entre el poder civil y la religión. Por ejemplo, cuando el presidente Duque puso en manos de la Virgen de Chiquinquirá la lucha contra la pandemia: “Esta mañana me desperté pidiéndole a la patrona de Colombia que nos consagre como sociedad, que consagre a nuestras familias, a nuestros hijos, hermanos, abuelos, a nosotros, quienes tenemos responsabilidades, y nos dé salud para guiar los destinos de la nación”.

O cuando, mediante un trino pío (excusen la redundancia) la vicepresidenta reforzó el equipo sobrenatural con la Virgen de Fátima: “Consagramos nuestro país a Nuestra Señora de Fátima, elevando plegarias por Colombia para que nos ayude a frenar el avance de esta pandemia y que Dios mitigue el sufrimiento de los enfermos, el dolor de los que perdieron seres amados y nos permita potenciar nuestra economía”.

O cuando la ministra del Interior ayudó a promover una campaña de oración por Colombia. Como el Estado no realizó ningún gasto, adujo, no hay problema. Pero, prudentísima señora, aparte de que para impulsar esta empresa mística se invirtieron horas de funcionarios que todos pagamos, la Constitución Nacional prohíbe terminantemente la intromisión religiosa en el Estado, con gastos o sin ellos: “Artículo 19. Se garantiza la libertad de cultos. Toda persona tiene derecho a profesar libremente su religión y a difundirla en forma individual o colectiva. Todas las confesiones religiosas son igualmente libres ante la ley”. La Corte Constitucional precisó así el alcance de esta norma: Colombia “es un Estado laico. Admitir otra interpretación sería incurrir en una contradicción lógica”.

Si la propaganda religiosa de Tele Duque y sus cofrades no viola la Constitución, entonces que venga la Virgen de Guadalupe y lo explique. No nos engañemos: es el viejo espíritu medieval y sectario que aún se incuba en algunas instituciones. La Fiscalía General, por ejemplo, nombró como tercer capitán a un prosélito del exprocurador Alejandro Ordóñez: un funcionario que, cuando Netflix transmitió una versión paródica de la vida de Cristo, lanzó el siguiente trino: “Levanto mi voz airada contra el irrespeto y la agresión de Netflix a la Santidad de Jesucristo, Hijo de Dios, y a la Virgen María, fundamento de la Fe profesada por millones de católicos en el mundo entero”. He ahí la radiografía de un fanático.

Quiero aclarar que no escribo estas líneas por manía anticristiana. Si los políticos que se la pasan dormitando en misa y expidiendo bendiciones gobernaran guiados por los preceptos del Evangelio, viviríamos en una sociedad mejor. Lo indignante es que tanta bendición, tanta oración y tanta invocación mariana y santoral son, a menudo, un modo desleal de hacer política. Con cumplir el no matarás, el no robarás y el no mentirás tendríamos un programa de gobierno memorable. Pero muchos de los que besan escapularios promueven bandas criminales, se nutren de la corrupción y viven del engaño. Yo respaldaría a un gobierno que no hiciera reformas tributarias a favor de multimillonarios sino que aplicara las palabras de Cristo: “Es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja, que un rico entre el reino de los cielos” (Mateo 19: 23-30). Y que no sembrara noticias falsas desde despachos oficiales y siniestros sótanos porque “la verdad os hará libres” (Juan 8: 31-38). Y, sobre todo, que no invocara en forma constante a la corte celestial, porque Cristo nos enseñó que “no todo el que dice ‘Señor, Señor’ entrará en el reino de Dios” (Mateo 7:21). Atenidos. De veras: ¿no les da pena con la Virgen?

Descarten, pues, el repudio a la religión como móvil de esta columna. Lo que rechazo es el uso hipócrita, taimado y populista de las resonancias religiosas. A la historia nacional le ha costado muy cara la llave entre política y púlpito como para permitir que siga ocurriendo.

ESQUIRLAS. 1. No nos está yendo mal a los adultos mayores desde que optamos por protestar. Una tutela nos devuelve los derechos que conculcó el Gobierno en un exceso de misericordia. Tampoco a quienes denunciamos la presencia irregular de soldados de Estados Unidos en Colombia: otra tutela ordena al ejecutivo que respete el criterio del Senado cuando se plantee la llegada de tropas extranjeras a territorio patrio. 2. Engreído. Durante un reciente paseo a San Andrés, el fiscal general, Francisco Barbosa, sostuvo que el suyo es “el segundo cargo más importante de esta nación”. Qué hinchazón, qué vanidad y qué ignorancia. Un profesor de Derecho me dice que el orden de prelación oficial es: presidente, vicepresidente, presidente del Congreso y presidentes de las Cortes. Uyuyuy con el fiscal…

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